UN DÍA COMO HOY

Te encuentras en una calurosa población (cuya temperatura en invierno, oscila entre 26° C y 34° C), al oriente del departamento de Antioquia, a tres horas y media de Medellín (en carro, por supuesto, a pie ni lo calcules, bajo ese ardiente sol apenas sí podrías recorrer unos cuantos metros). Luego de haber pasado allí los tres días anteriores a éste, es natural que tu clara y sensible piel se encuentre achicharrada, picada por mosquitos, zancudos, ácaros, sanguijuelas, cucarrones y cuanto bicho exótico puedas imaginarte, o de lo contrario, no sabrías cómo explicar todos los rasguños, ronchas e hinchazones que te cubren de pies a cabeza.

Es tres de Julio en la mañana para dar más señas, y ahora tu familia y tú, se disponen a regresar a la civilización. En bus, porque a tu papá, le dio por evitarse la molestia de manejar. Piensas en que es una suerte que estemos en invierno, aunque después lo piensas mejor y no lo habrías notado, de no ser porque lo mencionaron los oriundos de estas tierras. Se supone que no habría inconveniente para tomar el bus que pasaría en cualquier momento por la autopista Medellín – Bogotá, por lo que ubicamos nuestro equipaje (que incluía varios kilos de zapotes, plantas y gallinas muertas, entre otros productos autóctonos de la región) cerca a la vía.

Diez minutos; quince, media hora; hora y media: habían pasado tres buses repletos que nos propusieron una reducción de mil pesos de pasaje por viajar de pie, pero tú piensas que hasta pagarías mil pesos de más por viajar sentada, así que tú y tu familia rechazan la propuesta, porque, aparte de todo, tu mamá tiene mal de ojo* (una especie de conjuntivitis contagiosa adquirida en estas tierras exóticas, que, además, produce náuseas y mareos). Para entonces ya te asalta la preocupación y comienzas a considerar la posibilidad de "echar dedo" para que cualquier caritativo personaje te haga el favor de llevarte a ti y a los tuyos de vuelta a la civilización, pero en esas, un amable lugareño vislumbra un vehículo, "está nuevecito", dice él, "de esos a veces pasan recogiendo gente, de pronto hasta los lleve".

Y sí, accede a llevarte a ti y a tu familia. Es un bus nuevo; a estrenar se dijo, de hecho, el piso y los asientos están forrados en plástico. El señor conductor aprovechó el viaje, en el que sólo debía trasladar el vehículo desde Bogotá hasta Medellín, para lucrarse de los tantos que necesitábamos transporte. De lo primero que te percatas es del gran vómito, color naranja rosáceo, que engalana el suelo del vehículo. Tú y tu hermano deciden sentarse en la banca de atrás para tener una mejor perspectiva de él. (Qué va, si hubieras visto aquel vómito antes, te habrías sentado en una de las primeras bancas, que esa desagradable cosa no estuviera dentro de tu campo visual, pero ahora no te atreverías a pasar por encima de ella y menos con el vehículo en movimiento, para no correr con la misma suerte de tu papá, pues cierta hebra de vómito fue a parar justo en uno de sus zapatos cuando hacía maniobras para atravesar el nauseabundo y espeso líquido que una chica habría arrojado horas antes, pues ya incluso se estaba secando).

Del olor, no hablemos. Confórmate con saber que al menos tenías una ventanilla lo suficientemente abierta a tu lado. Más tarde, cerca al lugar donde tus padres se habían sentado, alguien más vomita; está vez es de color amarillo verdoso, ahora, aparte de la tonalidad, hasta podrías comparar el volumen, la consistencia y la viscosidad de ambos vómitos. Piensas que esas personas que vomitaron, aprovecharon el hecho de que el bus estaba cubierto en plástico y que de seguro el conductor lo agradecería enormemente, (pues tal plástico no sólo habría de recibir vómito, sino además, sangre).

Intentas mantener la calma, porque por lo menos ya te encuentras de nuevo en la civilización; en un embotellamiento, para ser más exactos, en medio del cual escuchas un estruendo que te hace salir de tu ensimismamiento y volver la mirada hacia el torniquete, que, un joven bañado en sangre, acaba de atravesar violentamente, mientras que otro joven; que al parecer perseguía al primero, intenta también atravesarlo sin lograrlo, porque, por fortuna el bus arranca. El joven dice que lo perseguían para matarlo, que todo se debió a una riña después de un partido de fútbol. Todos los pasajeros estamos conmocionados, muchos afirman que creyeron que se trataba de un asalto y así, murmullos van y vienen.

En ese momento, alguien llega a su destino y oprime el botón para pedirle al conductor que se detenga y que abra la puerta trasera. El bus vuelve a estar en medio de un desesperante trancón y el conductor, tras abrir la puerta, olvida cerrarla de nuevo. Qué sorpresa te llevas al voltear hacia atrás y ver cómo se aproximan rápidamente varios encolerizados, cada uno con un puñal en su mano. Le cuentas a tu hermano (púbero de catorce años y 1,77 metros de estatura**) y él se pone de pie después de decirte: "le voy a pegar una patada al primero que intente subirse".

¡No!, ahora sí que no encuentras otra alternativa que gritarle al conductor que cierre la puerta y felizmente otras personas que se percatan de la situación, hacen lo mismo, el conductor obedece y tu hermano vuelve a su asiento como debe ser. Después de semejante susto y de haber dejado al joven herido en un lugar seguro; se viene el increíble e insospechado desenlace de esta historia:
2:00 p.m. aproximadamente, alguien contesta su celular, recibe; al parecer, una noticia muy sorprendente, por lo cual interrumpe su conversación para compartirla con el resto de pasajeros del bus a través de un estridente grito de emoción: "¡Liberaron a Ingrid Betancourt*** y a otros catorce secuestrados!".
Y todo el bus rompe en aplausos y jolgorios.

Tres de Julio de 2008: nunca te olvidaré.

*(Este año fue un esguince a causa de una estrepitosa caída)
** (Ahora quince años y 1.82 mts. De estatura)
***(¿Y ahora alguien celebra así por Ingrid?)

(Escrito hace un año)

Ehh, sí, tampoco yo puedo creerlo.

Tres casetes mini DV editados, tres semanas de tiempo invertido, veinte equipos en la sala de edición, un casete mini DV extraviado; uno, de los veinte equipos, que se infecta de un virus de esos que no le deseas ni a tu peor enemigo. Tres semanas de tiempo perdido. Un equipo en la sala de edición mil veces madreado. Ningún Backup.

David Carradine, Farrah Fawcett, Michael Jackson (tres). El calendario Maya termina el 12 de Diciembre de 2012, día en el que, la tierra pasará por todo el centro de la galaxia y una alineación planetaria podría provocar que salga de su órbita. Nostradamus y no sé qué otros profetas, porque sólo he escuchado de Nostradamus, predijo que ese día sería el fin del mundo. Yo cumpliría años al día siguiente, es decir, 13 de Diciembre. Me temo que no llegaré a los 12+12, porque serían 24 los años que habría de cumplir. Hace unas horas vi un desfile de motos Harley Dav... Y nada, por si no lo has notado ya, ando paranoica.

EMERGENCY POST

Podría escribir sobre que, desde hace 23 días, estoy en paro después de ocho semestres de carrera ininterrumpida, o sobre que el viernes pasado se fue la luz en medio centro de la ciudad -por lo que tuve que subir dieciséis pisos de escaleras- y me encuentro con que, en el hotel del frente, una pareja abre al máximo su ventana, empieza la larga fase de cortejo y sigue con… la próxima fase, -y ya sabes que dieciséis pisos no son cualquier cosa y que tenías que descansar en cada uno-. También podría escribir sobre que si ayer estuviste alrededor de las 3 y 30 a.m. en las afueras de la Octava, pudiste, seguramente, apreciar el vómito que derramé. Lo sé, es patético. Pero no, más bien apelo a mi último recurso para lo que ya debes suponer, faltando una hora para que se acabe este inoficioso mes de Mayo.

Ojos que no ven...

Un domingo cualquiera, eres otra pasajera más del metro que pasa inadvertida, llevando consigo un morral y una bolsa negra, tal como tantos otros pasajeros. Tu destino está en la última estación y tú abordas el tren en la primera. Cuando faltan dos estaciones para la última, la bolsa negra; que parece contener algo redondo, se desprende de tus manos y echa a rodar por el piso del vagón. No es nada raro que dejes caer algo; de hecho, lo raro sería justo lo contrario. Sin embargo, esta vez te aterrorizas un poco, y cuando intentas recuperarla, un señor al que la bolsa le fue a parar en sus pies, lo hace por ti. Te la entrega, le agradeces, y no puedes evitar reír maliciosamente, así como el resto de tu viaje no haces otra cosa que contener la risa.

Un día debes ser parte de la producción de un corto de medio pelo, años antes; un cura decide donar al morir su esqueleto a un colegio católico con fines académicos, ahora para el corto es necesaria una calavera que ha de aparecer por menos de cinco segundos, resulta que eres la sobrina de la rectora del colegio que tiene el esqueleto del cura pendiendo de unos cables en el laboratorio de biología y… Así es como fue a parar la cabeza del padre Hernando en las manos de aquel gentil señor que se ofreció a recogerte tu bolsa negra.

TEMPRANAS DECEPCIONES AMOROSAS

· Iván fue el primer chico al que llegué a mirar con ojos que no fueran los de: “eres niño y por lo tanto, te odio”. Qué sé yo, pero encontraba algo en él que me atraía, a pesar de que era un enano imbécil fastidioso de mierda. Un día, hasta escribí su nombre con un pedazo de adobe en el piso empedrado que cubría toda la manzana. Procuré cambiar de letra, como si alguien, además de mis compañeras de colegio y mi profesora, la conociera. Me retaba a competencias de atletismo, siempre le ganaba y por eso (aparte de porque era niña) me odiaba. Igual, no me gustaba tanto como para dejarme ganar, mi reputación en ese entonces dependía de qué tan rápido podía correr. Otro día sé que estaba intentando aprender a montar en bicicleta (decisión que tomé después de que mi hermano 5 años menor aprendiera antes que yo), cuando, lo veo a él y entonces hago el máximo esfuerzo, me concentro cuanto más puedo y hago empleo de todo mi equilibrio posible hasta que avanzo más de veinte metros sin poner un pie en el suelo. No pude ocultar mi alegría y emoción cuando, tras de mí, lo escuché decir: “jum, por fin aprendió, casi que no”. Gracias, Iván, por vos aprendí a montar en bici. Y de resto, púdrete.

· Sebastián era hijo de un amigo de mi papá. Yo siempre me quedaba largo rato mirándolo con cara de idiota. Sus dos hermanas, eran mis amigas. Un día cometí el grave error de confesarles lo que sentía por Sebastián. Ellas se burlaron de mí y me dijeron que él ya tenía novia. Desde entonces, los odio a los tres.

· Esteban fue mi amor platónico por tres años. Cuando mi tía monja me daba dulces, yo los rifaba entre los vecinos de la manzana. El ganador sería quien adivinara el número entre el uno y el mil que yo tenía en mente justo en ese momento, y que no había anotado en ninguna parte. Casualmente, Esteban siempre ganaba. De vez en cuando, también me retaba a una competencia de atletismo, porque sabía que no me negaría y que habría de vencerme. Era el que más rápido corría de la manzana, lo que lo hacía el más atractivo entre las chicas, que sólo éramos Laura y yo. Un día, me pidió que le guardara un billete de dos mil pesos mientras él disputaba de un partido de fútbol. Fue uno de los momentos más felices de mi vida hasta entonces. Igual, era un estúpido, engreído, arrogante, ridículo y patético impúber que puede irse por un caño.

ADULTOS LOSER´S

Es la primera clase del semestre y no sé por qué carajos la profesora pide que levanten la mano quienes sean menores de edad. Yo miro para todos lados y mis amigos se ríen de mí – dale, levántala, ¿qué tiene de malo ser menor de edad?- Alguien tras de mí la levanta con mucha naturalidad y entonces yo me animo a hacerlo, pero sólo a la altura de la mejilla.

Esta es una clase de pedagogía constitucional (un “relleno”) y a leguas se nota que la profesora es primípara. Unos meses después, con constitución en mano, estamos tratando el tema de “Derechos fundamentales de la Constitución Nacional” y a la muy ilustrativa profesora se le ocurre volver a pedir que levanten la mano quienes fueran menores de edad. Esta vez, me convenzo de que no hay nada de malo en ser menor, que por el contrario; quizás tarde más en tener canas y arrugas que todos los perdedores que me rodean, ¡mujajaja! Así que, muy sonriente y orgullosa, levanto la mano bien alto, ¡que todos sepan que son más viejos que yo!

Entonces, descubres que la persona que la vez anterior también levantó la mano ya había cumplido 18 años y que ahora eres la única menor de edad y que todos se están riendo y que te ruborizas y que la profesora te está llamando al frente y que ya tienes ganas de decir que era una broma, que ojalá fueras menor de edad, que por qué demonios hace esas preguntas tan estúpidas y que por qué diantres le haces caso a una primípara.

No tienes más opción que salir al frente y te encuentras con la sorpresa de que… ¡eres la persona idónea para leerle a la clase los derechos de los niños consagrados en la Constitución Nacional! ¡Quién mejor que tú, que todavía goza de esos derechos!

No sabes qué hacer y empiezas a leer, pero intuyes que todos los presentes no hacen otra cosa que murmurar, reírse y apreciar tu muy ruborizada cara, hasta que te detienes cuando alguien “brillante” atina a decir:

- Derecho a la protección
- Derecho al cuidado y amor – “¡mona, venga yo le hago valer ese derecho!”

Y los acusé a todos por abuso, burla e intimidación a una menor de edad. Fin.

(Historia de la vida real)

Top 5 Dolores que me hacen querer tirar desde un quinto piso

5. Dolor por un golpe en la nariz

4. Dolor de estómago por estar en un carro muy mareada

3. Dolor en el dedo gordo del pie al enterrarme algo -por andar descalza-

2. Dolor por tener un sucio en el ojo

1. Dolor al caer desde un quinto piso después de sentir alguno de los anteriores dolores.

Sólo para que Enero me aparezca en el archivo del blog

Y ya.

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